jueves, 22 de octubre de 2015

Donde el aroma perdura


Flores y velas por Fernando Vega

Lo primero que uno percibe al sumergirse en Flores y velas, de Viviana Abnur, es una remembranza: “en casa de mi bisabuela Emilia /juntábamos mandarinas /al fondo /cerca de la bomba de agua”. La memoria y el recuerdo aquí esbozados, tema imprescindible de todo poeta, confirmarán la expectativa y acabarán por convertirse luego en una constante del libro. Todavía más, las imágenes de lo familiar, con nombres y parentescos que se llaman por su nombre, confirmarán a su vez postales de jardines, hogares y elementos que componen un mundo de bella secularidad: “Vuelan tejas vidrios jaulas procesiones de zapatos viejos”.
En este tercer poemario de Abnur, editado por Trópico Sur Editores, hay espacio tanto para verdaderos hallazgos de lo cotidiano, hechos por una mirada atenta y juiciosa (“alegría: desmemoria del tiempo”) como para un abordaje del pasado como ausencia, con su aura que ralentiza y enrarece todo a la vez (“no existe la tarde /no existe la sombra /la vereda del árbol que regás /no hay árbol”).
Heterogéneo, con poemas bien rematados, Flores y velas constituye una recorrida visual colorida y nostálgica a la vez. Es en esa heterogeneidad donde se permite la utilización tanto del verso libre como de una prosa veloz y continuada, casi como “corriente de consciencia”: “quebrada en dos como una naranja espero el tiempo del jugo de la pulpa su milagro ácido espero bañada y perfumada de pie como esperaba a mi padre los fines de semana en la estación…”. Hacia el final, en el capítulo que da nombre al libro, el estilo vira una última vez hacia una estética que se interesa por lo más concreto de lo mundano: “en la intersección de Gaona y Fasola /en la guantera de un Scania”.

Los distintos matices, en definitiva, persisten más allá de sí en la constante de resistirse a las ataduras de la puntuación, configurando un paisaje poético que brilla tanto como concreta.

Revista Güarnin, octubre de 2015

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